Juan B. Bergua – Su Exilio De España

Al día siguiente de la entrada de las tropas franquistas en Getafe, ocuparon el pueblo al atardecer, le van a buscar a la finca hacia las cuatro de la tarde. Se presentan en la casa, un soldado con una manta a cuadros colocada a modo de poncho y un mosquetón, un falangista uniformado con un gran pistolón en la cintura, y un cura con teja y traje talar, como iban en la época. Le llevan a la cárcel del pueblo, sin dejarle siquiera coger una manta, “no le va a hacer falta” dice el falangista. Todo esto delante de su mujer e hijos que se quedan llorando. La hija mayor tiene el aplomo de marcharse a los pocos minutos a la Comandancia Militar y poner un telegrama al General Mola. Decía simplemente: “Juan Bautista Bergua detenido en la cárcel de Getafe”. Probablemente por la personalidad del destinatario y, quizá, por lo escueto del mensaje, que no entienden exactamente que implica, la Comandancia lo cursa esa misma tarde. Mola manda inmediatamente un coche a recogerle, que llega al mediodía siguiente y le traslada a la cárcel de Avila. Se salva así del primer intento de fusilamiento.

Mientras tanto en Getafe, los guardianes de la fe y su brazo secular se ensañan con los libros. Tras echar a la mujer y a los hijos y ocupar el chalet durante dos semanas, a la vuelta les hacen cabar zanjas, desmenuzar los libros en hojas y quemarlos con gasolina. De la Crítica de la razón pura, por citar sólo un ejemplo, se queman 40.000 ejemplares que se acababan de editar. Su hermano José, que llega a Getafe a los pocos días, tiene que tomar parte en la quema, aunque incrédulo de que algo así pueda ocurrir ¿a quien puede ofender la Crítica de la razón pura?. Afortunadamente solo queman libros en español, pero respetan la biblioteca particular de Juan Bautista Bergua, unos 5.000 libros, en idiomas extranjeros, sin duda extraños para los santos censores.

Juan Bautista Bergua y Emilio Mola se habían conocido siendo jóvenes en Zaragoza por pura casualidad. Juan Bergua López, su padre, iba todos los años en verano a Sallent de Gállego porque, a parte añorar su pueblo natal, era el hereu, allí estaban aún en vigor las antiguas leyes del Reino de Aragón, de las propiedades de Casa Caperán. Esta era la casa típica del pueblo que aparecía en las postales. A la vuelta solía parar unos días en Zaragoza, la capital para ellos, y allí es donde se conocen y traban amistad Emilio Mola y Juan Bautista Bergua. Luego además, con la República, cuando Mola es Director General de Seguridad, ésta estaba en la Puerta del Sol, en el edificio del reloj que da las campanadas de fin de año, a cien metros escasos de la Librería Bergua, siendo Mola asistente frecuente a las animadas reuniones que tenían lugar en ésta a última hora de la tarde. Cuando cesa como Director General de Seguridad, le amenazan de muerte y se refugia en la casa de Preciados 25, donde permanece escondido casi tres meses. Como además tiene dificultades económicas, Juan Bautista Bergua le sugiere que escriba sus memorias, que publica la Editorial Bergua. Consecuencia de todo esto es que cuando Mola recibe el telegrama de su detención en Getafe, envía inmediatamente un coche a recogerle para evitar que le fusilen. Luego le va cambiando de Avila a Valladolid según el peligro en cada momento. No hay que olvidar que durante la guerra, los falangistas iban a buscar a los rojos peligrosos a las cárceles o a sus casas y los llevaban en camiones a las afueras de las ciudades, fusilándolos al amanecer. Cuando asesinan a Mola en Junio del 37, su primer ayudante, el Coronel Calderón, conociendo el aprecio que el general sentía por Juan Bautista Bergua, le da un salvoconducto, le pone en el tren y le dice: “Si tiene la suerte de pasar la frontera, está salvado, pero no puedo prometerle más”. Consigue llegar a Hendaya con trescientas veinticinco pesetas en el bolsillo, y allí saca un billete a Burdeos, ciudad que conocía y relativamente cerca de España, a donde suponía que podría volver pronto. Cuando sube al tren francés y este arranca, se pone a cantar en voz alta ante el asombro de los demás pasajeros. Les pide perdón y les explica el por qué. Estos se vuelcan con él ofreciéndole su simpatía y apoyo y, además, al saber que no había comido nada desde la salida de Valladolid, su comida. Douce France.

Desde Burdeos contacta con su amigo y compañero Jean Sarraihl, entonces Director de Español y luego Ministro de Educación y Rector de la Sorbona. Se habían conocido en la juventud en la casa de Preciados 25. Esta era típica de la época, amplia y espaciosa sin calefacción central, sistema aún no extendido, pero con chimeneas de leña en cada habitación. Al padre, Juan Bergua López, la hospitalidad le venía de su infancia. En invierno, en el pueblo, la nieve alcanzaba los dos metros y era normal tener que salir de casa por la ventana. Al que venía se le acogía y, probablemente por ello, ahora, cuando parientes o amigos pasaban por Madrid, lo normal era que se alojaran en la casa de Preciados. Los hijos continuaron la costumbre, porque es lo que habían visto siempre. Este fue el caso de Sarraihl cuando vino a Madrid por primera vez a perfeccionar el español, idioma que hablaba perfectamente, no sólo desde el punto de vista gramatical, sino sin acento alguno a pesar de ser de París. Cuando en 1937 le dice a Sarraihl que estaba en Burdeos y sin dinero, ni contacto posible con España, éste le coloca inmediatamente en un curso de verano para extranjeros en Bagnères de Bigorre, curso que antes tenía lugar en España y que ahora se hacía allí por la guerra. Luego le va colocando como Lector de Español, en varios liceos, hasta que 1942 le traslada a Carcassonne, donde Sarrahil tenía buenas relaciones con el director del liceo y con el Prefecto del Aude, Gobernador Civil. Quitando un corto contacto en Francia con los hijos, a los que reenvía a España por miedo al estallido de la II guerra mundial, Juan Bautista Bergua permanece prácticamente aislado de España y sin noticias durante seis años, hasta 1945, en que los hijos pueden ir a verle de nuevo regularmente. Por suerte, durante la guerra mundial no le molestan. Cuando los alemanes hacían redadas de extranjeros, el Prefecto le avisaba de antemano y se iba a Toulouse a casa de los amigos. El verdadero problema era como llenar las horas del día. Las clases, en realidad charlas como lector de español, no le llevaban más de 3 a 4 horas diarias y se concentra en escribir y traducir para huir de la soledad y la añoranza de los suyos. La escritura y traducción de obras maestras de la cultura había sido su vocación de juventud, pero nunca pudo imaginar que tendría que hacerlo para huir de la angustia de la soledad. Como curiosidad, por ejemplo, encuentra un Kalevala en el índice de la Biblioteca de Carcassonne, se acuerda de su juventud, de Sylvain Levi que decía que el finlandés era como el canto de los pájaros, y se pone a leerlo. Le parece de una belleza tan extraordinaria que se pone a estudiar finlandés para poder hacer una traducción digna. Estuvo estudiándolo durante 10 años. Hoy, la única traducción del Kalevala existente en español es la suya.

Del negocio familiar no sabe nada. Mientras dura la guerra por razones obvias, pero después su hermano José sólo le envía cartas lacónicas, hablándole de las dificultades con la censura y la retirada forzada de una gran parte de los libros. También, que al desaparecer la librería de Mariana Pineda, había tenido que dar la distribución a un tercero, ya que la librería se había vendido para pagar a los acreedores. Durante la guerra civil la librería de Madrid estuvo cerrada al no haber nadie que pudiera ocuparse, Juan Bautista en el exilio y José en zona nacional, le había pillado en el pueblo de la mujer, Aranda de Duero, de vacaciones. Sólo quedaban en Madrid su madre y su hermana, que jamás se habían ocupado del negocio y, además, los libros estaban en los almacenes de Getafe, por lo que, agotadas las pocas existencias que hubiera en la librería, no había nada que vender.

Toda las obras que había seguido escribiendo y preparando en Francia se las iba enviando a su hermano para su publicación, pero la contestación, salvo excepciones, como las Comedias de Shakespeare o la Mitología universal, no cristiana por supuesto, era siempre la misma, “no lo permite la Censura”. Ninguno de sus hijos, por otra parte, había tenido nunca relación alguna con la editorial y todo estaba en manos de su hermano José.

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