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Juan B. Bergua – 100 años de carrera literaria

Tras treinta y dos años de nueva lucha, Juan Bautista Bergua llegó a su fin casi centenario. Murió el 9 de junio del 1991, cuando le faltaban tres meses para cumplir los cien años. Si bien nunca tuvo problemas de salud, en los últimos años de su vida le faltaba la vista y no podía leer prácticamente. Las pruebas de las reediciones las tenía que mirar con una gran lupa, pero esto era agotador y prácticamente aceptaba lo que le presentaban los amigos que le ayudaban. Estos añadían a veces en las reediciones notas o comentarios particulares que les parecían divertidos o interesantes, sacados de las conversaciones con Juan Bautista Bergua, pero sin mayor importancia. La obra que más sufrió fue las Mil mejores poesías de la lengua castellana, pero registralmente el autor es José Bergua. En la Edición Platino se han corregido los cambios significativos. Téngase en cuenta, que aquí era muy fácil intercalar o quitar una poesía.

El adagio latino del encabezamiento de estas notas define a la perfección su pensamiento, diríase que se hubiera escrito expresamente para él. Murió en su cama, dulcemente, sin dolor. Si hubiera ángeles arrullarían su sueño.

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Juan B. Bergua – Su Vuelta A España

En el 59 le avisan que su hermano tiene cáncer. En el Consulado de Toulouse los amigos estudian su caso y le aseguran que no tiene nada que temer si vuelve. Aunque le da miedo, José, al que siempre había cuidado como a un hijo, se muere. El panorama que encuentra a su vuelta, aunque en teoría ya lo conocía, es desolador. Todo se ha perdido. La casa de Getafe, las propiedades de Sallent de Gállego, la librería y en la editorial no sólo no se ha hecho nada nuevo, sino que está en manos de un distribuidor. Cualquier explicación da igual, José se está muriendo. Hay que empezar de nuevo, pero ahora no tiene 20 años, sino 67. No obstante comienza otra vez. Afortunadamente tiene toda la obra preparada en el exilio y las dificultades con la Censura, si bien siguen existiendo, no son la barrera infranqueable que decía José. Por qué motivos lo hacía no hace al caso. La realidad es que Juan Batista Bergua tiene que volver a empezar, como si el tiempo hubiera vuelto atrás 50 años. Es la obra hecha en el exilio la que le permite arrancar con una aparente actividad inusitada. La cantidad de títulos publicados en los primeros años 60 están hechos en realidad en los 22 años anteriores.

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Juan B. Bergua – Su Exilio De España

Al día siguiente de la entrada de las tropas franquistas en Getafe, ocuparon el pueblo al atardecer, le van a buscar a la finca hacia las cuatro de la tarde. Se presentan en la casa, un soldado con una manta a cuadros colocada a modo de poncho y un mosquetón, un falangista uniformado con un gran pistolón en la cintura, y un cura con teja y traje talar, como iban en la época. Le llevan a la cárcel del pueblo, sin dejarle siquiera coger una manta, “no le va a hacer falta” dice el falangista. Todo esto delante de su mujer e hijos que se quedan llorando. La hija mayor tiene el aplomo de marcharse a los pocos minutos a la Comandancia Militar y poner un telegrama al General Mola. Decía simplemente: “Juan Bautista Bergua detenido en la cárcel de Getafe”. Probablemente por la personalidad del destinatario y, quizá, por lo escueto del mensaje, que no entienden exactamente que implica, la Comandancia lo cursa esa misma tarde. Mola manda inmediatamente un coche a recogerle, que llega al mediodía siguiente y le traslada a la cárcel de Avila. Se salva así del primer intento de fusilamiento.

Mientras tanto en Getafe, los guardianes de la fe y su brazo secular se ensañan con los libros. Tras echar a la mujer y a los hijos y ocupar el chalet durante dos semanas, a la vuelta les hacen cabar zanjas, desmenuzar los libros en hojas y quemarlos con gasolina. De la Crítica de la razón pura, por citar sólo un ejemplo, se queman 40.000 ejemplares que se acababan de editar. Su hermano José, que llega a Getafe a los pocos días, tiene que tomar parte en la quema, aunque incrédulo de que algo así pueda ocurrir ¿a quien puede ofender la Crítica de la razón pura?. Afortunadamente solo queman libros en español, pero respetan la biblioteca particular de Juan Bautista Bergua, unos 5.000 libros, en idiomas extranjeros, sin duda extraños para los santos censores.

Juan Bautista Bergua y Emilio Mola se habían conocido siendo jóvenes en Zaragoza por pura casualidad. Juan Bergua López, su padre, iba todos los años en verano a Sallent de Gállego porque, a parte añorar su pueblo natal, era el hereu, allí estaban aún en vigor las antiguas leyes del Reino de Aragón, de las propiedades de Casa Caperán. Esta era la casa típica del pueblo que aparecía en las postales. A la vuelta solía parar unos días en Zaragoza, la capital para ellos, y allí es donde se conocen y traban amistad Emilio Mola y Juan Bautista Bergua. Luego además, con la República, cuando Mola es Director General de Seguridad, ésta estaba en la Puerta del Sol, en el edificio del reloj que da las campanadas de fin de año, a cien metros escasos de la Librería Bergua, siendo Mola asistente frecuente a las animadas reuniones que tenían lugar en ésta a última hora de la tarde. Cuando cesa como Director General de Seguridad, le amenazan de muerte y se refugia en la casa de Preciados 25, donde permanece escondido casi tres meses. Como además tiene dificultades económicas, Juan Bautista Bergua le sugiere que escriba sus memorias, que publica la Editorial Bergua. Consecuencia de todo esto es que cuando Mola recibe el telegrama de su detención en Getafe, envía inmediatamente un coche a recogerle para evitar que le fusilen. Luego le va cambiando de Avila a Valladolid según el peligro en cada momento. No hay que olvidar que durante la guerra, los falangistas iban a buscar a los rojos peligrosos a las cárceles o a sus casas y los llevaban en camiones a las afueras de las ciudades, fusilándolos al amanecer. Cuando asesinan a Mola en Junio del 37, su primer ayudante, el Coronel Calderón, conociendo el aprecio que el general sentía por Juan Bautista Bergua, le da un salvoconducto, le pone en el tren y le dice: “Si tiene la suerte de pasar la frontera, está salvado, pero no puedo prometerle más”. Consigue llegar a Hendaya con trescientas veinticinco pesetas en el bolsillo, y allí saca un billete a Burdeos, ciudad que conocía y relativamente cerca de España, a donde suponía que podría volver pronto. Cuando sube al tren francés y este arranca, se pone a cantar en voz alta ante el asombro de los demás pasajeros. Les pide perdón y les explica el por qué. Estos se vuelcan con él ofreciéndole su simpatía y apoyo y, además, al saber que no había comido nada desde la salida de Valladolid, su comida. Douce France.

Desde Burdeos contacta con su amigo y compañero Jean Sarraihl, entonces Director de Español y luego Ministro de Educación y Rector de la Sorbona. Se habían conocido en la juventud en la casa de Preciados 25. Esta era típica de la época, amplia y espaciosa sin calefacción central, sistema aún no extendido, pero con chimeneas de leña en cada habitación. Al padre, Juan Bergua López, la hospitalidad le venía de su infancia. En invierno, en el pueblo, la nieve alcanzaba los dos metros y era normal tener que salir de casa por la ventana. Al que venía se le acogía y, probablemente por ello, ahora, cuando parientes o amigos pasaban por Madrid, lo normal era que se alojaran en la casa de Preciados. Los hijos continuaron la costumbre, porque es lo que habían visto siempre. Este fue el caso de Sarraihl cuando vino a Madrid por primera vez a perfeccionar el español, idioma que hablaba perfectamente, no sólo desde el punto de vista gramatical, sino sin acento alguno a pesar de ser de París. Cuando en 1937 le dice a Sarraihl que estaba en Burdeos y sin dinero, ni contacto posible con España, éste le coloca inmediatamente en un curso de verano para extranjeros en Bagnères de Bigorre, curso que antes tenía lugar en España y que ahora se hacía allí por la guerra. Luego le va colocando como Lector de Español, en varios liceos, hasta que 1942 le traslada a Carcassonne, donde Sarrahil tenía buenas relaciones con el director del liceo y con el Prefecto del Aude, Gobernador Civil. Quitando un corto contacto en Francia con los hijos, a los que reenvía a España por miedo al estallido de la II guerra mundial, Juan Bautista Bergua permanece prácticamente aislado de España y sin noticias durante seis años, hasta 1945, en que los hijos pueden ir a verle de nuevo regularmente. Por suerte, durante la guerra mundial no le molestan. Cuando los alemanes hacían redadas de extranjeros, el Prefecto le avisaba de antemano y se iba a Toulouse a casa de los amigos. El verdadero problema era como llenar las horas del día. Las clases, en realidad charlas como lector de español, no le llevaban más de 3 a 4 horas diarias y se concentra en escribir y traducir para huir de la soledad y la añoranza de los suyos. La escritura y traducción de obras maestras de la cultura había sido su vocación de juventud, pero nunca pudo imaginar que tendría que hacerlo para huir de la angustia de la soledad. Como curiosidad, por ejemplo, encuentra un Kalevala en el índice de la Biblioteca de Carcassonne, se acuerda de su juventud, de Sylvain Levi que decía que el finlandés era como el canto de los pájaros, y se pone a leerlo. Le parece de una belleza tan extraordinaria que se pone a estudiar finlandés para poder hacer una traducción digna. Estuvo estudiándolo durante 10 años. Hoy, la única traducción del Kalevala existente en español es la suya.

Del negocio familiar no sabe nada. Mientras dura la guerra por razones obvias, pero después su hermano José sólo le envía cartas lacónicas, hablándole de las dificultades con la censura y la retirada forzada de una gran parte de los libros. También, que al desaparecer la librería de Mariana Pineda, había tenido que dar la distribución a un tercero, ya que la librería se había vendido para pagar a los acreedores. Durante la guerra civil la librería de Madrid estuvo cerrada al no haber nadie que pudiera ocuparse, Juan Bautista en el exilio y José en zona nacional, le había pillado en el pueblo de la mujer, Aranda de Duero, de vacaciones. Sólo quedaban en Madrid su madre y su hermana, que jamás se habían ocupado del negocio y, además, los libros estaban en los almacenes de Getafe, por lo que, agotadas las pocas existencias que hubiera en la librería, no había nada que vender.

Toda las obras que había seguido escribiendo y preparando en Francia se las iba enviando a su hermano para su publicación, pero la contestación, salvo excepciones, como las Comedias de Shakespeare o la Mitología universal, no cristiana por supuesto, era siempre la misma, “no lo permite la Censura”. Ninguno de sus hijos, por otra parte, había tenido nunca relación alguna con la editorial y todo estaba en manos de su hermano José.

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Juan B. Bergua – El Origen de Su Editorial

A lo largo de los años se han recibido numerosas peticiones para incluir una biografía de Juan Bautista Bergua como prólogo de una de las muchas reediciones de su obra. Esperamos que estas breves notas sobre su vida y obra cumplan esta función.

Ediciones Ibéricas fue hasta 1939 la Librería-Editorial Bergua, fundada por Juan Bautista Bergua en 1927. Tenía su sede en Mariana Pineda, calle a la que, siguiendo las consignas de la época, cambiaron en 1939 a Maestro Victoria. En 1879 su padre, Juan Bergua López había abierto la Librería Bergua en el número 9, hoy parte de unas prestigiosas galerías comerciales.

Juan Bautista Bergua Olavarrieta nació en Madrid, Marzo de 1892, y si hay una característica general que le pudiera definir, sería el haber sido dotado de una memoria asombrosa. A los 16 años empieza la carrera de abogado que acaba en dos años –entonces, las titulaciones que no requerían cursos prácticos, no tenían más limitación que aprobar todas las asignaturas, obteniendo a continuación una beca del Consejo de Estado para estudiar Legislación Comparada en París. Consecuencia de sus dotes de memoria era, sin duda, su capacidad asombrosa para los idiomas. En España había estudiado por su cuenta francés, inglés y alemán durante el bachillerato, el Grado que decían entonces, además de latín y griego, y cuando llega a París es la época del gran Meillet, de Salomon Reinach y de Sylvain Levi. Las clases de estos maestros no las sigue, las absorbe; probablemente los estudios sobre Legislación Comparada no avanzaran mucho pero, por azares del destino, jamás ejercería luego la abogacía. En París dedica especial atención a las lenguas orientales, en particular al sánscrito, su gran afición. Decía Juan Bautista Bergua que de todas las grandes obras de la humanidad existían, ya en su época, traducciones bilingües al inglés, francés o alemán, pero que no se podía hacer una nueva traducción fidedigna sin recurrir al original. La forma y estilo personal de cada autor, modismos, aliteraciones, giros, etc., son imposibles de reproducir en otra lengua con sintaxis, palabras y sonidos distintos, salvo que se pueda acudir con conocimiento profundo al original. Quién puede, por ejemplo, imaginar una Ilíada sin sus “cóncavas naves”.

Desgraciadamente aquellos años felices de su primera estancia en París acaban bruscamente. Aunque su madre y hermana, su hermano José era aún niño, tratan de evitarle la triste realidad, su padre se muere de cáncer y sólo le llaman cuando ya no hay esperanza: Llega a Madrid para verle morir 20 días después. Se encuentra así con una madre, que jamás se había ocupado de otra cosa que no fuera el hogar, una hermana, que aparecía en las revistas de la época como la mujer más guapa de Madrid y acostumbrada a vivir en consecuencia, un hermano aún niño, y un negocio del que ignoraba todo y no se había ocupado jamás. En aquel tiempo sólo un tercio de las ventas de las librerías provenían de libros de nueva edición, el resto era producto de la reventa de ediciones de bibliófilo, generalmente de lujo, de bibliotecas particulares que, en la mayoría de los casos, sólo eran decoración para aparentar una cultura inexistente. Solían venderse al fallecimiento de los propietarios. Estas reventas de libros bellamente encuadernados, constituían la mayor parte de las ventas de las librerías. El padre, Juan Bergua López, era un maestro de la compraventa, pero para Juan Bautista era un mundo nuevo. En su breve nota autobiográfica en la Historia de las Religiones, comenta: “…requería una pericia que sólo adquirí a fuerza de tiempo, equivocaciones y pérdidas.”. Se juntaba a lo anterior los gastos de mantenimiento de la enorme finca de Getafe. Estaba ésta junto a lo que hoy es el campo de fútbol, entonces una era, y Juan Bergua López, la había comprado, chalet incluído, porque le gustaba tener frutales que cuidaba personalmente. Había nacido en Sallent de Gállego y añoraba su juventud campesina. Esta finca había de condicionar gran parte de la vida de Juan Bautista. Situada a la entrada del pueblo, a media hora de Madrid en tren o autobús, los domingos era lugar de reunión de amigos y compañeros donde, ayudados sin duda por la buena mesa y el Rioja generoso resolvían, escuchando el crepitar de la chimenea o el canto de los pájaros, según la estación, los problemas del país y del mundo.

Su primera novela, Aventuras de Mackena, fue publicada por El Imparcial. Había sido primer premio de un concurso del propio periódico y tuvo, primero como fascículos y luego como libro, un gran éxito. Era una novela de tipo Agente 007, sin pretensión moral o política alguna que, probablemente, incluso hoy tuviera éxito puesta al día con aviones, por ejemplo, que fueran a más de 100 Km por hora, velocidad entonces impresionante. Le sigue Ojos claros serenos, asimismo un primer premio de Parisiana. Se aventura también en el teatro, con Cómo se hace un hombre, sainete con música del maestro Guerrero, pero la dura realidad es que toda esta actividad podía dar fama, pero no generaba recursos suficientes. En 1927 decide fundar la Librería-Editorial Bergua.

De su experiencia en París deduce que hay tres mercados para el libro, que su conocimiento de idiomas le permitiría explotar. El libro muy barato, poco más que un manual de instrucciones, que explicaba como realizar en casa los trabajos y aficiones más corrientes, desde como criar gusanos de seda hasta como poner un enchufe eléctrico. Era la Pequeña Enciclopedia Práctica, que se vendía a 1 Pta (0,006 €). La mayoría de los textos, de unas 60-70 páginas, están sacados mezclando trozos de publicaciones francesas, inglesas y alemanas, luego revisadas por especialistas. Aparecían con frecuencia como autores, su hermano José, él, ambos, o con pseudónimo para disimular tanto refrito. Juan Bautista llamaba a esta colección la Pequeña Enciclopedia Alimentaria.

La segunda colección, la Biblioteca Varía, eran libros también baratos, pero orientados al entretenimiento en general, no sólo a oficios o prácticas caseras. Estaba formada por títulos encargados a expertos en la materia, como el Manual de Ajedrez, de Emilio Mola (el general Mola, gran ajedrecista) y, a veces, de creación propia. Se vendían a 2 Pta (0,012 €). Para entender el éxito de esta colección de libros, hay que recordar que en la sociedad de la época, las familias y personas de nivel medio o elevado, pasaban las tardes en tertulias caseras o de café. El cine estaba en sus albores y el teatro sólo estaba al alcance de una minoría. El primer entretenimiento masivo asequible, el cine, excepto en las grandes ciudades, es una actividad limitada al fin de semana y la radio es un acompañamiento de las tareas del hogar, no un entretenimiento alternativo. La diversión principal sigue siendo la tertulia y los libros de entretenimientos de salón, citas clásicas, chistes, etc., gozaban de un gran mercado, siempre que ofrecieran una lectura fácil. Esto es lo que explotaba la colección Biblioteca Varia.

La actividad del 29 al 35 es frenética. Juan Bautista Bergua llega a preparar un libro por semana. Escribía siempre a máquina, hasta las doce, comía de manera frugal y se iba a la librería de Mariana Pineda. El eslogan de la Librería Bergua era: “un nuevo libro cada mes”.

La tercera colección era la Biblioteca de Bolsillo, orientada a introducir en castellano las grandes obras de la cultura universal. Eran libros para llevar en el bolsillo literalmente y leer en cualquier rato libre y también, para poder formar sin grandes gastos una biblioteca culta. El objetivo era hacer posible que la lectura dejara de ser una afición elitista. Muy bien editados para su precio, 2,50 Pta (0,015 €) en rústica y 4 Pta (0,024 €) encuadernados en tela o ante, estaban al alcance de un salario modesto de 5 Pta/día (0,03 €/día). Fue en esta colección donde verdaderamente arriesgó al hacer grandes tiradas para abaratar costes e invirtiendo los limitados recursos que le quedaban. Tuvo un gran éxito, quizá por venir a llenar un vano de la España de los 30. Como decía el mismo Juan Bautista Bergua: “Es increíble que en España no haya más que ediciones  caras, casi de lujo, de los grandes hitos de la cultura universal, como el Origen de las especies, o la Crítica de la razón pura”. Tristemente tuvo que comprobar pocos años después, que el gran éxito de la Biblioteca de Bolsillo promoviendo la cultura a un precio asequible, sólo fue posible porque en 1931 se había instaurado una República. Duró lo que ésta. Luego se habría de volver a la Edad Media con la Cruzada, a la Inquisición con la Censura, y a la prisión o el exilio de los vencidos.

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Juan B. Bergua – Su Obra Política

Su primera obra política son los Credos libertadores, 1930. En ellos se hace un análisis básico de todos los movimientos sociales de la época, tanto de los mayoritarios, como el Socialismo, como de los minoritarios, Solidarismo Anarquismo, etc., e incluyendo un apéndice sobre fascismo y nazismo. En 1933 iba ya por la cuarta edición. Por otra parte, Juan Bautista Bergua se da cuenta de que las obras sobre el comunismo tienen una venta notable. La colección Nueva Rusia, traducciones de obras de Stalin, Gorki, Trotsky y otros autores, la mayoría soviéticos, se venden regularmente en un mercado creciente. Esto le anima y publica La salvación roja, donde expone las bases para instaurar un régimen comunista basado en las doctrinas de Marx y Engels y comentando los errores del sistema soviético. Llama la atención, visto desde nuestra época, el énfasis en la colectivización del campo, pero hay que recordar la situación de España en la época: una industrialización incipiente en comparación con centroeuropa y unos latifundios en los que al no existir presión sobre la demanda agrícola, los propietarios no sólo no se ocupan de la productividad, que ni entienden lo que es, ni les importa, sino que se convierten inconscientemente en el mayor obstáculo para cualquier mejora agraria. Mientras tanto, los trabajadores agrícolas están a nivel de subsistencia. No hay que olvidar que el hambre fue el desencadenante básico de la guerra civil del 36.

El éxito, mucho mayor de lo esperado, de las obras políticas hace que, en una de las comidas habituales de los domingos en la finca de Getafe, apueste con los asistentes, entre los que está su amigo y compañero Pedro Rico, alcalde de Madrid, a que funda un nuevo Partido Comunista y consigue mas afiliados que el prosoviético Partido Comunista existente. Escribe para ello un folleto titulado el Catecismo comunista, 32 páginas, que en la última llevaba una hoja invitando a afiliarse al Partido Comunista Libre (PCL). En él, imitando al catecismo escolar de entonces, se limita a resumir los principios básicos del marxismo en párrafos breves. Frases como: que “nadie coma que, pudiendo, no trabaje y produzca”, se simplifica luego a “que el que no trabaje, no coma” y hace furor en los latifundios. Está escrito para ser leído en voz alta en grupos donde los oyentes son, en su mayoría, analfabetos; práctica corriente en la época, como lo había sido a lo largo del diecinueve, a consecuencia del analfabetismo, sobre todo entre los mayores. Como le horrorizaba el stalinismo, en el Catecismo comunista propone, en esencia, una sociedad ideal en la que la propiedad es común, la educación está reservada al Estado para que no sea un privilegio de clases, y las religiones y creencias son problema particular de cada uno, al margen por completo del Estado. Soslaya sin embargo, involuntaria o deliberadamente, que toda propiedad, incluso la del Estado, procede de la capacidad de represión y que ninguna clase en la historia del mundo, ha renunciado voluntariamente a sus privilegios. En cualquier caso, tiene un éxito sin precedentes. La primera edición, 10.000 ejemplares, se agota en tres semanas y la segunda edición es de 40.000. A los cuatro meses había recibido 12.000 demandas de afiliación. Frente a ello, el Partido Comunista regular tenía unos 5.000 militantes en toda España. Pero Juan Bautista Bergua era todo menos un líder práctico de masas. Ante la avalancha de afiliaciones no sabe que hacer y, una vez más, se va a pedir consejo a su amigo y compañero Pedro Rico. Este le dice que tiene dos opciones: fundar de verdad un partido, con su secretariado, infraestructura, etc., dejar la editorial y dedicarse como única actividad a la política o, no contestar a los afiliados, retirar del mercado el Catecismo comunista y tener suerte. Stalin, le dice, no quiere competencias y ni la derecha, ni la Iglesia, tolerarán jamás que le discutan sus privilegios. La profecía de Pedro Rico se había de cumplir al pie de la letra.

A finales de Septiembre del 36 le llevan a la checa de Bellas Artes y unos días más tarde a la de Fomento. Para ser rigurosos, le llaman para que se presente en ambas checas, nunca fue detenido. El motivo aparente es explicar su amistad con el general Mola y la publicación de sus memorias. Juan Bautista Bergua tiene el pronto genial de responder atacando en vez de defenderse. Su ataque consiste en argumentar que Mola es un demócrata de siembre, muy mal visto por la derecha del ejercito, pero que horrorizado por el desorden que la Republica es incapaz de controlar, había tenido que formar un grupo con amigos y voluntarios para evitar los fusilamientos en Navarra. Que era este grupo el que se había unido luego al golpe militar. Que lo urgente era entrar en contacto con él, explicarle que la situación ya estaba controlada y pedirle que se uniera de nuevo al ejército regular de la República, evitando que se reforzara el levantamiento del Norte de Africa. Además, les acusa de inútiles incompetentes, cuya falta de astucia política estaba poniendo en peligro la continuidad de la República. Todo esto levantando la voz en plan discurso vehemente. Los chequistas se quedan tan asombrados que le prometen tener unas reuniones internas, analizar la situación y llamarle de nuevo. Quince días después, probablemente el tiempo que tardan en consultar con el asesor soviético, le llaman de nuevo de la checa de Fomento. Aunque repite la escena y le dejan ir, la actitud de los chequistas es ahora muy ambigua. Una vez más se reúne con Pedro Rico, quien le aconseja que no vuelva por la librería y se esconda inmediatamente. Juan Bautista teme que la casa familiar de Preciados 25 sea demasiado conocida y se esconde en la finca de Getafe. Lo que no podía prever es que las tropas franquistas llegarían allí a primeros de Noviembre. Madrid se estaba fortificando y se suponía que el avance desde Toledo se pararía a medio camino hacia Madrid y que, además, el ejército leal a la República contraatacaría de un momento a otro para asegurar la capital.

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