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Resumen de la vida del crítico y editor Juan Bautista Bergua

Juan Bautista Bergua nació en España en 1892. Ya desde joven sobresalió por su capacidad para el estudio y su determinación para el trabajo. A los 16 años empezó la universidad y obtuvo el título de abogado en tan sólo dos años. Fascinado por los idiomas, en especial los clásicos, latín y griego, llegó a convertirse en un célebre crítico literario, traductor de una gran colección de obras de la literatura clásica y en un especialista en filosofía y religiones del mundo. A lo largo de su extraordinaria vida tradujo por primera vez al español las más importantes obras de la antigüedad, además de ser autor de numerosos títulos propios.

Su librería, la editorial y la “Generación del 27”

Juan B. Bergua fundó la Librería-Editorial Bergua en 1927, luego Ediciones Ibéricas y Clásicos Bergua. Quiso que la lectura de España dejara de ser una afición elitista. Publicó títulos importantes a precios asequibles a todos, entre otros, los diálogos de Platón, las obras de Darwin, Sócrates, Pitágoras, Séneca, Descartes, Voltaire, Erasmo de Rotterdam, Nietzsche, Kant y los poemas épicos de La Ilíada, La Odisea y La Eneida. Se atrevió con colecciones de las grandes obras eróticas, filosóficas, políticas, y la literatura y poesía castellana. Su librería fue un epicentro cultural para los aficionados a literatura, y sus compañeros fueron conocidos autores y poetas como Valle-Inclán, Machado y los de la Generación del 27.

El Partido Comunista Libre Español y las amenazas de la izquierda

Poco antes de la Guerra Civil Española, en los años 30, Juan B. Bergua publicó varios títulos sobre el comunismo. El éxito, mucho mayor de lo esperado, le llevó a fundar el Partido Comunista Libre Español que llegaría a tener más de 12.000 afiliados, superando en número al Partido Comunista prosoviético oficial existente. Su carrera política no duró mucho, después que estos últimos le amenazaran de muerte, viéndose obligado a esconderse en Getafe.

La Censura, quema de libros y sentencia de muerte de la derecha

Juan B. Bergua ofreció a la sociedad española la oportunidad de conocer otras culturas, la literatura universal y las religiones del mundo, algo peligrosamente progresivo durante la dictadura de Franco, época reacia a cualquier ideología en desacuerdo con la iglesia católica.

En el 1936, el ejército nacionalista del General Franco llegó hasta Getafe, donde Bergua tenía los almacenes de la editorial. Fue capturado, encarcelado y sentenciado a muerte por  los Falangistas, la extrema derecha.

Mientras estuvo en la cárcel temiendo su fusilamiento, los falangistas quemaron miles de libros de sus almacenes por encontrarlos contradictorios a la Censura, todas las existencias de las colecciones de la Historia de Las Religiones y la Mitología Universal, los libros sagrados de los muertos de los Egipcios y Tibetanos, las traducciones de El Corán, El Avesta de Zoroastrismo, Los Vedas (hinduismo), las enseñanzas de Confucio y El Mito de Jesús de Georg Brandes, entre otros.

Aparte de los libros religiosos y políticos, los falangistas quemaron otras colecciones como Los Grandes Hitos Del Pensamiento. Ardieron 40.000 ejemplares de La Crítica de la Razón Pura de Kant, y miles de libros más de la filosofía y la literatura clásica universal. La pérdida de su negocio fue un golpe tremendo, el fin de tantos esfuerzos y el sustento para él y su familia…fue una gran pérdida también para el pueblo español.

Protegido por General Mola y exiliado a Francia

Cuando General Emilio Mola, jefe del Ejército del Norte nacionalista y gran amigo de Bergua, recibe el telegrama de su detención en Getafe, intercede inmediatamente para evitar su fusilamiento. Le fue alternando en cárceles según el peligro en cada momento. No hay que olvidar que durante la guerra civil, los falangistas iban a buscar a los “rojos peligrosos” a las cárceles, o a sus casas, y los llevaban en camiones a las afueras de las ciudades para fusilarlos.

¿El General y “El Rojo”? Su  amistad venía de cuando Mola había sido Director General de Seguridad antes de la guerra civil. En 1931, tras la proclamación de la Segunda República, Mola se refugió durante casi tres meses en casa de Bergua, y para solventar sus dificultades económicas, Bergua publicó sus memorias. Mola fue encarcelado, pero en 1934 regresó al ejército nacionalista y en 1936 encabezó el golpe de estado contra la República que dio origen a la Guerra Civil Española. Mola fue nombrado jefe del Ejército del Norte de España, mientras Franco controlaba el Sur.

Tras la muerte de Mola en 1937, su coronel ayudante dio a Bergua un salvoconducto con el que pudo escapar a Francia. Allí siguió traduciendo y escribiendo sus libros y comentarios. En 1959, después de 22 años de exilio, el escritor regresó a España, y a sus 65 años comenzó a publicar de nuevo hasta su fallecimiento en 1991. Juan Bautista Bergua llegó a su fin casi centenario.

Escritor, traductor y maestro de la literatura clásica, todas sus traducciones están acompañadas de extensas y exhaustivas anotaciones referentes a la obra original. Gracias a su dedicado esfuerzo y su cuidado en los detalles, nos sumerge con su prosa clara y su perspicaz sentido del humor en las grandes obras de la literatura universal con prólogos y notas fundamentales para su entendimiento y disfrute.

Cultura unde abiit, libertas nunquam redit.

Donde no hay cultura, la libertad no existe.

Galería de fotos de Juan B. Bergua

Fotos de la familia Bergua editado por Juan Rodriguez de Tembleque Moreno para el reportaje El Homenaje de Juan Bautista Bergua en su página web De Vez en Cuento.

Diversos retratos de Juan Bautista Bergua

Juan B. Bergua en la primera edición de la Feria del Libro de Madrid (1933) con el ministro de Instrucción Pública,
Fernando Giner de los Ríos, y su amigo y alcalde de Madrid, Pedro Rico

De izquierda a derecha, Juan B. Bergua, con su hijo Helios a hombros, flanquedo por su hermano y su mujer;
en una celebración (a su espalda, Isabel), y paseando con su hija Juana. Años 30

De izquierda a derecha, dos de sus hijos: Helios y Juana; y con unos amigos en los Pirineos franceses. Años 50


Juan B. Bergua con unos amigos en Francia durante su exilio. Años 50


Juan B. Bergua y su hijo Juan. Años 60

Homenaje a Juan B. Bergua

De Vez en Cuento
Portada de la web "De Vez en Cuento" (pintor: Luis F. Solance)

Gracias al esfuerzo de Juan Rodriguez de Tembleque tenemos el placer de leer un homenaje muy completo y personal sobre la vida de nuestro crítico literario, Juan Bautista Bergua.

Aparte de ser también un amante de la literatura tiene dos páginas webs: De Vez en Cuento, especie de revista cultural digital de cuya sección, Odas y Loas, cuelga El homenaje a Juan B. Bergua; y la web del yacimiento paleolítico achelense de Puente Pino, cuyo proyecto de excavación y estudio codirige. Como prehistoriador y arqueolólogo sus investigaciones se han centrado en el Paleolítico inferior de la Península Ibérica y más concretamente en los primeros pobladores de la Meseta española.

Prólogo

Juan Bautista Bergua
Juan Bautista Bergua

Donde no hay cultura, la libertad no existe (1)

Este apartado pretende ser un pequeño homenaje a Juan Bautista Bergua y, por extensión, a los amantes de los libros, a los filósofos (2) libre-pensadores (3) que en todas las épocas han buscado la verdad, desenmascarando mentiras, a veces a riesgo de perder la vida por obra de fanatismos; y por supuesto, a las musas, que haberlas haylas, y muy hermosas.

Por qué este homenaje

No soy un estudioso de la obra y figura de Bergua, sino un admirador y una persona agradecida, por lo que me aportó (sin perjuicio de lo que pueda venir), y a la par sorprendida porque dicha obra y su autor no sean lo suficientemente conocidos y reconocidos como, a mí entender, se merecen.

Sus libros, unos cuantos, los leí fundamentalmente en la segunda mitad de los años 80. Nunca antes, durante ni después, en mi círculo de amigos, conocidos, compañeros de trabajo o de carreras (ni tan siquiera cuando estudié Filosofía y Letras), sea cual fuese la ideología o la formación, oí la más minima mención a Bergua o a los libros de su editorial, ni para bien ni para mal. Aunque miento, sí, dos veces. Una, cuando transcurridos los años, conocí al bueno de Miguel Baamonde, persona erudita, amante de los libros e investigadora de la obra de su querido y admirado Antonio Machado, del que se siente discípulo, y cuyo parecido físico y, hasta donde alcanzo e intuyo, psíquico y de carácter, es asombroso. El mismo día que lo conocí reparé en dicha semejanza -su aspecto, su semblanza- y cual fue mi sorpresa cuando luego, al poco tiempo, me enteré de su pasión por Machado y de que llevaba cinco años trabajando en un libro sobre dicho autor, que, por fin, ha visto la luz recientemente. La otra vez fue yendo al trabajo, como suelo, en el metro. Iba distraído, leyendo uno de los libros de Bergua (no recuerdo bien cual, pero creo que era el de Pitágoras, edición de 1958), cuando un hombre de aspecto campechano y de mediana edad (o quizás algo mayor) no pudo contenerse y se me acercó para decirme, emocionado y sonriente, que los libros de esa editorial eran muy buenos. Yo naturalmente, tocado ya por la varita mágica de Bergua, asentí, y con el tiempo –pues debía de estar empezando mi atracón de lectura Berguaniana- le comprendí más todavía, de tal manera que, de haber tenido después ocasión, le hubiera emulado haciendo lo propio.

Pues bien, por todo lo dicho, me vino a la cabeza hacerle un homenaje (palabra que, por cierto, ya no se lleva; ahora se ha puesto de moda decir “tributo”, tributo a Menganito, “rendir tributo a Fulanito”, por evidente y, por lo visto, inevitable influencia anglosajona, pues en castellano dicho vocablo no tiene nada que ver con lo que se quiere expresar en este caso, al menos que yo sepa). Mi pretensión primera era hacer una semblanza o reseña corta (sólo unas pocas líneas, no más), eso sí, muy personal y sentida, rememorando lo que significó para mí la lectura de sus libros (5). Sin embargo, una vez en marcha y en contra de lo inicialmente previsto, la criatura empezó a crecer y a desarrollarse más allá de lo imaginado, haciéndome replantear el alcance y la extensión de este homenaje, así como sus características. Por otra parte, por lo que sé (¡ojalá me equivoque!), nadie se ha ocupado de este hombre, de su vida y obra, como se debería, a fondo. Tampoco lo haré yo hasta ese extremo, para mí imposible, porque para hacerlo en condiciones tendría que ser en el marco de una tesis o, por lo menos, de una tesina de las de antes; y eso, si se hace bien, son palabras mayores. Pero ahí queda la sugerencia o la invitación por si no se le ha ocurrido a nadie y alguien se anima. Pienso que el esfuerzo merece la pena y haría justicia. Yo, por si acaso o mientras tanto, seguiré hasta donde pueda y me lleven los vientos, apoyándome en las fuentes que estén al alcance de mi mano (6).

Cómo descubrí a Bergua

Tenía yo 32 años y andaba con una de esas crisis o, mejor dicho, periodo de reflexión, existencial, que acontece cada cierto tiempo a lo largo de la vida al común de los mortales; cuando cayó en mis manos, por carambola, uno de los libros editados por Juan Bautista Bergua, el cual me llevó a otros de la misma fábrica; gracias a los cuales, tras devorarlos, y a su instrucción, salí airoso del mismo, incluso crecido, si bien, como no podía ser menos, infinitamente pequeño. Y digo esto último porque, cuanto más sabemos, mayor consciencia de nuestra ignorancia tenemos por todo lo que nos falta por conocer. Pero no cabe duda que tratar con los verdaderos sabios de la antigüedad (*) de la mano del homenajeado (también sabio, pero contemporáneo), ayuda a caminar por la vida tranquilo y relajado, pues tocaron todo lo fundamental y esencial referente a la condición humana.

Entonces, en cambio, no era del todo consciente de mi ignorancia, casi supina, en determinados temas, la cual, en parte, estaba justificada por mi condición de iletrado, ya que, al ser de ciencias y haber estudiado una carrera técnica, no me quedaba mucho tiempo para florituras culturales, erudición e ilustración. Aunque el gusanillo siempre estuvo dentro de mí, a flor de piel.

En fin, la cosa fue como sigue: merodeando por las casetas de libros antiguos y de ocasión de la Cuesta de Moyano de Madrid (foto de la derecha), ví por casualidad un libro de Séneca, “De la Brevedad de la Vida” (Colección “Los Grandes del Pensamiento”, SARPE, 1984), que me atrajo por su título y el cual compré. La obra del filósofo y moralista cordobés no recuerdo que me gustara especialmente, pero despertó en mí la curiosidad por el mundo antiguo greco-romano. Fue a partir de entonces cuando empecé a tirar del ovillo en busca de los orígenes de casi todo, que por lo visto es lo que más me gusta, con la buena suerte que, tras el anterior, me compré –letras de terror- el “Libro de los Muertos” egipcio, también de título sugerente e inquietante, para ver qué pensaban los pobladores de las riberas del Nilo, en tiempos de los faraones, sobre la muerte. Dicho libro, editado por JUAN B. BERGUA (Colección “Tesoros Literarios”, 1978, 6ª Edición), contenía así mismo el libro de los muertos tibetanos, denominado el Bardo Thodol, igualmente muy antiguo.

Bergua en sus libros

Los citados libros de los muertos son difícilmente digeribles, ya que se trata de una relación de tonterías, estupideces y desvaríos (por otra parte, e inevitablemente, muy frecuentes en esta materia; aunque, claro está, se ve la paja en ojo ajeno, pero no la viga en el propio), a veces indescifrables o sin sentido, y por lo tanto incompresibles, de la parafernalia funeraria de ambas culturas; en definitiva, sólo recomendables para los especialistas en Historia o tradiciones de dichas civilizaciones, masoquistas o curiosos de atar. En mi caso, una vez visto de que iban, perdí todo interés en su lectura. Sin embargo, dicho libro en su conjunto es bastante interesante, pues contiene una Breve Historia del Más Allá (pp. 7-68) firmada por Bergua y, como todos los editados por él, está repleto de notas a pie de página, muy ilustrativas y enriquecedoras, sobre todo lo “divino” y lo humano que se menciona en los textos. Además, para mí tiene un valor añadido o especial, ya que fue la carta de presentación a través de la cual empecé a conocer parte de su fenomenal e inmensa obra, así como de su fructífera vida y, por lo general, en mi opinión, sensatos pensamientos e ideas que, poco a poco o a borbotones y a corazón abierto, nos va desvelando en los libros que editó, tanto propios como ajenos; en éstos últimos, a través de prólogos, notas, epílogos, etc. (7).

Bergua enamorado

Precisamente el citado libro es tal vez uno de los mejores ejemplos de lo que digo, ya que incluye un precioso, instructivo, ameno y “apasionante” relato explicando cómo supo de la existencia del Bardo Thodol, y cómo conoció y se enamoró de Bharati cuando estudiaban en la Sorbona de Paris (Cuando y Por Qué Traduje el B. T., pp. 259-331). Amor correspondido que apenas pudo ser, que debiera haber sido, por lo que dice, el de su vida. De hecho cuando ya octogenario, a sus 86 años, la rememora en las notas bibliográficas de su Historia de las Religiones (tomos dedicados al Cristianismo, 1977), todavía se le saltan las lágrimas (y a mí se me hace un nudo en la garganta)….. ¡Qué bonito!. Una hermosísima historia de amor…Y es que a él, Bharati, por los encantos que veía en ella, le parecía divina, y no estaba del todo en el error…

Y puesto a hablar de historias de amor bonitas, la de su esposa, Isabel (8), que enamorada de nuestro personaje y a sabiendas de que éste seguía coladísimo de Bharati, pues así se lo confesó para que no hubiera la menor duda, se casó con él. Y es que a Juan Bergua, como él mismo dice, le casaron su madre y su hermana, que, conocedoras del intenso amor de ella y el profundo dolor de él, consiguieron un inteligente y fructífero “apaño” que resultó de por vida, la que compartieron juntos, y que poco a poco le sacó del infierno y le devolvió a la vida (en un afable paraíso inesperado), haciéndole olvidar, en gran medida, su primer gran amor. Y es que, si lo de Bharati fue un flechazo descomunal, lo que vivió con su mujer fue un enamoramiento “in crecendo”. El amor de Isabel, transmitido pacientemente mediante ósmosis y sin esperar nada a cambio, fue calando lenta, progresiva e inconscientemente en Bergua, que, cual esponja, lo fue absorbiendo de tal manera que penetró en él hasta alcanzar los recovecos más profundos y recónditos de su ser. Como dice la copla (sea por verdiales o por fandango), “querer a quien no te quiere, eso se llama querer, porque querer a quien te quiera, se llama corresponder y eso lo hace cualquiera”. Así lo cuenta Bergua: Me casaron mi madre y mi hermana con una amiga de ésta que siempre me había querido y que, nuevo ejemplar de dulzura y de bondad femenina, no vaciló en unir su suerte a la mía aun sabiendo, pues no dudé en confesarlo, la gran amargura que me embargaba y que me embargaría por mucho tiempo. Tan buena y tan dulce era (¡pobre Isabel querida!), que mi angustia no hizo sino estimular su propósito de hacerme feliz en lo que de ella dependiese. Y, en efecto, calladamente, prudentemente, inteligentemente, siempre disculpándome, siempre tolerante y compresiva con todos mis errores y debilidades, fue poco a poco ocupando en mi corazón el hueco que poco a poco también iba dejando, al esfumarse dulcemente, fatalmente, el puesto que había llenado Bharati. Fueron un puñado de años de vida feliz, sin una nube a su lado. Luego el primer dolor, cuando llegado el 37 tuvimos que separarnos. El segundo, cuando supe que, lejos de mí, había acabado bendiciendo mi nombre (Libro de los Muertos y el Bardo Thodol, p. 322). Otro nudo en mi garganta…

Bergua políglota y traductor

Pero sigamos. La musa de Bergua era tibetana y mucho más -que me callo por si alguien quiere leer el citado relato, que parece un cuento pero es real- y por su obra y gracia (nada mejor para aprender idiomas) nuestro homenajeado se inició (¡y de qué manera!) en el tibetano, que es parecido al chino, por lo que él mismo tradujo al español el Bardo Thodol y a Confuncio y Mencio (Los Libros Canónicos Chinos; mi ejemplar es de 1969, 2ª Edición). Y muy bien por cierto. Era un excelente traductor, y no sólo de la lengua de los lamas y de los mandarines, sino también del griego clásico y del latín, del sánscrito, del francés, del inglés y del alemán, incluso del finés o finlandés, el cual aprendió para leer y después traducir de primera mano, el Kalevala, la gran epopeya mitológico-religiosa nórdico-finlandesa. En fin, un políglota, que, según dicen, tenía una memoria prodigiosa y un tesón y una capacidad de trabajo fuera de lo corriente (esto se puede deducir a partir de su obra y vida), además de otras cualidades, como por ejemplo, su facilidad para el análisis y la síntesis, todo ello aderezado, a veces, con un fino y agudo sentido del humor, en ocasiones irónico por fuerza de la razón.

Bergua librero

Pero Bergua antes que editor fue librero, librero por fuerza mayor. Su familia tenía una pequeña librería en la Calle Pineda de Madrid, esquina con la Calle Preciados, junto a la Puerta del Sol, de la que tuvo que hacerse cargo (de ella y de su madre y hermanos), precipitadamente, a los 20 años, por la muerte temprana de su padre, renunciando, de esta manera, a lo que probablemente hubiese sido un brillante porvenir como abogado del Consejo de Estado, ya que entre sus proyectos estaban, además de seguir aprendiendo idiomas, opositar para entrar en dicha venerable institución; y dada su capacidad intelectual, formación y voluntad seguro que lo hubiera conseguido. Pero el destino no lo quiso.

Como quiera que no conocía ni se había ocupado nunca de dicho negocio -en el que no sólo se trabajaba con libros nuevos, sino también con libros de ocasión o “de Lance”- los primeros años , hasta que se hizo con él “a base de tiempo, equivocaciones y pérdidas”, fueron bastante duros.

Bergua fue uno de los fundadores y promotores de la Feria del Libro.

Composición fotográfica publicada en El Imparcial con motivo de la inauguración de la 1ª Edición de la Feria del Libro (9) celebrada en el Paseo de Recoletos de Madrid. En todas las fotos, menos en una, aparece Bergua, con lentes, junto a su amigo y alcalde de Madrid, Pedro Rico (en la imagen circular, frente a un micrófono), y/o el ministro de Instrucción Pública, Fernando Giner de los Ríos, con barba, sobrino de Francisco Giner de los Ríos, el que fuera fundador de la prestigiosa Institución Libre de Enseñanza (*). Recorte gentileza de Ediciones Ibéricas.

Bergua editor y divulgador

Una vez controlado el negocio de la librería, se vio con fuerza para montar en 1927, junto con su querido hermano Pepe, una editorial, que actualmente sigue en pie, Ediciones Ibéricas, fundando la empresa Librería-Editorial Bergua. Empezaron con una colección titulada Pequeña Enciclopedia Práctica, a la que siguió la Biblioteca de Bolsillo, cuyos primeros volúmenes, El Corán y Los Diálogos, de Platón, aparecieron en 1931. Ambas colecciones fueron un éxito y a los pocos años habían conseguido levantar y consolidar una editorial que, como dice Bergua (al que sigo casi literalmente), de no haber sobrevenido el golpe militar del general Franco, hoy seguramente sería muy importante.

Fruto de su labor como editor son los magníficos y económicos libros de bolsillo de obras clásicas de la cultura, el pensamiento y la literatura universal, en general traducidos, anotados y/o prologados o comentados por él (La Odisea, de Homero; Sokrates, de Xenofón; Diccionario Filosófico, de Voltaire; El Príncipe, de Maquiavelo; etc.), en ocasiones con alguna aportación literaria propia (por ejemplo, Estampa Socrática, en el citado libro sobre el gran filósofo griego), a los que habría que sumar otros, escritos íntegramente por Juan Bergua, entre los que destacan sus libros sobre mitología de los cinco continentes, y la Historia de las Religiones (seis tomos), para mí su obra magna (amén de ser algo insólito que alguien tuviera el valor de publicar exégesis religiosa en este país), que merece un punto y aparte (10) y que tanto me ayudó a liberarme de los pocos resquicios de certeras dudas e inconsciente y vaga fantasía religiosa que me quedaban cuando la leí (*). Y no sólo eso, sino que abrió aún más mi apetito de conocimiento, tal es así que decidí estudiar Historia (pensando en especializarme en Historia Antigua, pero el azar o el destino y el tirar del ovillo me llevaron a la Prehistoria, más concretamente al Paleolítico inferior), con la gran suerte de que por entonces formaba pareja con una íntima amiga, la Geografía, el remate que me faltaba; y es que ésta última disciplina estudia el medio físico, que condiciona y determina en gran medida la vida y el comportamiento humano, con la consiguiente repercusión en la historia de la Humanidad, la cual, a su vez, debido a la ciencia y a los avances tecnológicos, ha conseguido modificarlo de una manera que empieza a ser muy significativa, hecho por una parte preocupante pero por otra esperanzador, dependiendo de qué, cómo, para qué y a costa de qué se haga.

Los libros editados por la editorial que fundó se pueden agrupar, según temática (para más detalle, véase catálogo de Ediciones Ibéricas), en Los Grandes Libros Sagrados (Los Vedas, El Avesta, etc.), Historia de las Religiones (primitivas, indoeuropeas y precolombinas, etc.), Los Grandes Poemas Épicos (El Ramayana, La Iliada, etc.), Las Grandes Obras Eróticas (orientales, romanas, etc.), Verso y Prosa Escogidos de la Literatura Castellana (Las Mil Mejores Poesías de Lengua Castellana, El Romancero Español, etc.), Los Grandes Clásicos Castellanos (Don Quijote de la Mancha, La Celestina, etc.), La Novela Greco-Romana-Bizantina (El Satiricón, El Asno de Oro, etc.), La Grecia Antigua (La Grecia Clásica, con obras de Hesíodo, Teofrasto, etc.; Pitágoras; etc.), Los Grandes Hitos del Pensamiento (obras de Séneca, Kant, Darwin, etc.) entre las que cabría incluir las de Platón (Obras Escogidas y Obra Completa), La Idiosincracia del Pueblo Español (Refranero Español, y Leyendas y Tradiciones Españolas), Teoría de la Política y el Poder (El Príncipe, de Maquiavelo, y El Capital, de Marx; además de La República, de Platón), Obras Escogidas de la Literatura Universal, como las tragedias y comedias de Shakespeare, Cuentos de la Alambra, etc.; y otras publicaciones, entre las que se encuentran sus novelas cortas y cuentos recogidos en Tríptico Literario, Arco Iris Literario, Cometa Literaria y Hacia el Sur.

Bergua charlando con F. Giner de los Ríos
en la Feria del Libro (1933)

Bergua, F. Giner de los Ríos y P. Rico
en la Feria del Libro (1933)

Bergua escritor

También me llené de su precisa y, para mí, preciosa, prosa (a veces poética) –y a través de sus traducciones, de la de algunos clásicos- que absorbí y gracias a la cual creo que mejoré mucho la mía, pues la formación que recibí durante el bachillerato en ésta (Lengua Española) y otras materias, lamentablemente, había sido nefasta, lo que me costó, entre otras cosas, suspender las pruebas de acceso a la universidad, que entonces se llamaban “de madurez”, y retrasar un año mi entrada en la misma. Y es que, aparte del sistema de enseñanza antediluviano al uso en aquella época gloriosa, basado en la memoria, varios de los profesores que tuve, por lo general muy mayores, eran bastante malos. En PREU, por ejemplo, el de matemáticas (¡nada menos!) era pésimo y, además, se dormía en las clases, tal es así que, sin que se diera cuenta, nos íbamos a la playa, o hacíamos una orquesta vocal, cada uno reproduciendo un instrumento diferente, cuyo volumen iba en aumento hasta que se despertaba y ponía orden con un enérgico puñetazo en la mesa, causando un temblor de grado 7 en la escala Ritter que daba al traste con todo lo que en ella hubiera, viéndose abocado, lo que estaba en sus márgenes, a reposar en el suelo. Una pena (*).

Galería de fotos

E N T R A R

N O T A S

(1) He elegido esta conocida y antigua sentencia, que también encabeza la biografía de J. B. Bergua publicada en la web de Ediciones Ibéricas (apartado Nuestro Origen), porque, como se dice al final de la misma, “define a la perfección su pensamiento, diríase que se hubiera escrito expresamente para él”. Y no sólo eso, sino que dicha frase la he oído frecuente e insistentemente en boca de la que desde hace tiempo es mi compañera, que, por otra parte, fue quien me transmitió el amor a los libros; pero no sólo al contenido (texto), si es bueno, que ya lo valoraba como es debido, sino al libro como objeto en sí. Yo soy de los que piensan que el libro editado e impreso, tal como lo conocemos hoy día, nunca será sustituido por el libro digital, salvo, quizás, en determinados casos (libros técnicos y libros de texto, por ejemplo).

(2) Filósofo en el sentido que considero daban los antiguos griegos a esta palabra, es decir, amante del conocimiento, del saber; quien buscaba, mediante la observación, la experiencia, los ensayos y el estudio, o todo cuanto estuviese a su alcance, la verdad, la esencia de las cosas y de los fenómenos naturales, para tratar de comprender el mundo y, en consecuencia, todo lo que formaba parte del mismo, como los seres humanos. Por lo tanto, se trata de una concepción idéntica o, por lo menos, muy próxima a lo que actualmente se entiende por investigador o científico, aunque no especializado. Nada que ver con la metafísica, que, por cierto, no sé que es, pues más allá de la Física sólo se me ocurre que existe la Química y sus derivados, y viceversa; y eso que he estudiado Física Nuclear y he oído hablar de los anodinos neutrinos, de la compleja mecánica cuántica de Planck, de los imprevisibles y pintorescos quarks, de la antimateria, etc. Ciertamente, creo que con Física y Química se entiende o se puede llegar a comprender la vida, el universo de las galaxias (que diría Bergua), y desde luego se anda el camino de la verdad. Y adonde por ahora no alcancemos con la ciencia, no busquemos explicaciones fantásticas ni inventemos patrañas, no nos dejemos engañar con quimeras por unos pocos secuaces, embaucadores sin escrúpulos, que sólo buscan vivir del cuento (que literalmente sería legítimo), su propio beneficio, aprovechándose de la ingenuidad e ignorancia de los demás, pobres benditos, que por obra del fanatismo pueden convertirse, en el ardor de la ceguera, en armas de destrucción masiva.

(3) Poner el adjetivo calificativo de libre-pensador (persona reflexiva que está libre de prejuicios y de ataduras) detrás de “filósofo” parece redundante, que sobra, por ser, a mi juicio, una cualidad necesaria, intrínseca, a dicha condición; pero no está de más. De hecho me planteé enlazar ambas palabras mediante las conjunciones “y/o” para que no se entienda por filósofo únicamente el que ha estudiado la carrera de filosofía, y que con tal término se distingue, le nombran o se hace llamar; es decir, un “profesional” de la búsqueda de la verdad, que vaya usted a saber. Porque esa es otra, ¿todo filósofo es un sabio?. Y ¿qué es ser un sabio, qué se entiende por sabiduría?. Yo, para empezar, comparto la opinión de Gato Pérez: “sabes de aquí, sabes de allá; pero si tú no tienes felicidad, de sabio no tienes ná”. Por otra parte, eso de que no hay verdades absolutas, que todo es relativo, no es verdad del todo. Que la relatividad existe no creo que haya nadie que lo cuestione. Pero que la gravedad a ras de suelo es un fenómeno absoluto e invariable me ponga donde me ponga en la Tierra, lo observe donde lo observe, tampoco.

(4) O de otra forma, y cual mejor que la de nuestro homenajeado: A la VERDAD, tan difícil siempre de alcanzar por ir de ordinario apartándola de los que la buscan el fanatismo y la ignorancia. A los que en todos los tiempos y lugares fueron incansable y valerosamente tras ella. En fin, a otro gran defensor de la verdad: a aquel que “molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma dijo: Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del Mundo, y yo el más desdichado caballero de la Tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad: aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra”. Y, por supuesto, a la memoria siempre querida del ingenio sin par que le imaginó.
Juan B. Bergua (Triple Dedicatoria, El Libro de los Muertos y el Bardo Thodol, 1978)

(5) Cuando hablo de forma genérica de los libros de Bergua, me refiero a los editados por él, sea o no autor.

(6) Las fuentes que estoy utilizando para este trabajo son, por una parte y principalmente, las reseñas y apuntes biográficos contenidos en algunos de sus libros (tomos del Cristianismo, El Arco Iris Literario, …); y por otra y en general, los libros editados, prologados, anotados y comentados por él, si bien -y éste es mi problema- para exprimir todo Bergua de sus libros habría que leer o releer concienzudamente todos los libros de los que es autor, así como sus prólogos y notas de opinión de los demás, lo cual requiere un tiempo del que lamentablemente, hoy por hoy, no dispongo. Así mismo he podido contar con la información -recogida en gran medida en la biografía publicada por Ediciones Ibéricas en su página web- y fotografías que amablemente me ha facilitado la familia Bergua y que amplía la anterior.
A este respecto mi más sincero agradecimiento a dicha familia y a la editorial por su inestimable colaboración y por los libros -novelas y cuentos escritos por el propio Bergua, algunos en sus comienzos- que me han regalado. Quiero dar las gracias de forma expresa a Ignacio Rodríguez, encargado de la Editorial desde hace años; y muy particularmente a Ana Bergua, nieta del homenajeado, y a su marido, Justin Wheeler. Éste último, dándose cuenta de la importancia que representaba el fondo cultural atesorado por la editorial y las dificultades que estaba atravesando por falta de marketing, ha emprendido una labor de modernización de la misma, adaptándola a las estrategias productivas y comerciales que imponen las nuevas tecnologías. Entre las iniciativas tomadas se encuentran la digitalización de todos los libros de la editorial y la creación de una distribuidora on line, La Crítica Literaria. A través de esta página web se pueden adquirir todos los libros, tanto en formato tradicional (impresos en papel) como digital (PDF), o acceder a ellos para leerlos gratuitamente.

(7) Tal fue la impresión y admiración que me produjo la obra y vida de Juan B. Bergua, que quise conocerle personalmente. Así es que, ni corto ni perezoso, aprovechando que uno de los dos tomo del Cristianismo que recientemente había comprado, tenía algunas páginas en blanco, escribí una carta a la editorial comentando dicho defecto, a la par que les felicitaba por su trabajo y exponía mi deseo de contactar con el susodicho personaje si es que vivía, lo cual era posible ya que algunos de sus libros, prologados por él, estaban firmados sólo unos cuantos años antes. Al cabo de poco tiempo recibí una carta escrita a máquina, que todavía conservo, firmada por J. Bergua. La emoción y expectación fueron tremendas. Sin embargo, nada más empezar a leerla me di cuenta de que se trataba de otra persona, un familiar, concretamente -ahora lo he sabido- su hija Juana Bergua, que aún vive y que en el momento que escribo esta nota tiene una edad parecida a la de mi madre, 96 años. La carta mencionada está fechada el 30 de marzo de 1987 y en ella, además de darme las gracias por la mía, decía que me pasara por Distribuciones Gelpi, Conde del Valle de Suchil 14, llevando el libro defectuoso para cambiarlo por otro nuevo; y también que el Señor Bergua tenía 95 años y que generalmente estaba ausente de Madrid buscando climas más benignos.

(8) Según me comenta su familia, su verdadero nombre era Matilde; sin embargo Bergua, en sus notas biográficas, no sabemos por qué (quizás fuese uno de los múltiples nombres de pila que se ponían antes a los bien nacidos), se refiere a ella cariñosamente como Isabel. Y no seré yo quien rompa el hechizo.

(9) La noticia que recoge el recorte de periódico parece que se refiere a la primera edición de la Feria del Libro, la cual tuvo lugar del 23 al 29 de abril de 1933 en el Paseo de Recoletos, pues fue inaugurada por el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Fernando Giner de los Ríos, que cesó en dicho cargo, para no volverlo a ejercer nunca más, en junio de ese mismo año.

(10)El filólogo Francisco Aguilar Piñal, al valorar diferentes publicaciones sobre historia de las religiones, dice lo siguiente: “Pero, sin duda, la más recomendable es la Historia de las Religiones, en cinco tomos, del gran librero español Juan Bautista Bergua Olavarrieta (Madrid, 1892-1991), digno de recuerdo por su incansable trabajo a favor de la cultura hispánica, ya que tradujo las Obras completas de Platón, y otras de diferentes lenguas, hasta un total de 56 libros de filosofía, literatura, ciencia y religión, como El Corán (1929), El Libro de los muertos (1960), La Vida de Jesús de Renán,…” Y un poco más adelante dicho autor expone: “El tema religioso, que le ocupó muchas horas en su vida, dio como resultado la publicación en 1958 de cinco tomos sobre las Mitologías (europeas, asiáticas, africanas, americanas y de Oceanía), y después otros cinco sobre la Historia de las religiones (Ed. Bergua, 1968-88), estudio no confesional, pero apasionado, con el equilibrio científico que nace de la documentación estudiada, así como de las numerosas lecturas en varios idiomas. Creo que no han sido valoradas como merece, tanto su personalidad como su obra…” (Ojos que no ven – La bitácora de Vandalio).