Tag Archives: juan bergua

Panegírico de Juan Bergua

http://leaving-salonica.blogspot.com/

Panegírico de Juan Bergua, ícono de los mercadillos de libros usados

Cara Teófila,
Le escribo estas líneas para referirle que llegó a mis manos un libro de 500 páginas en rústica, con texto doble: “El Libro de los Muertos” de los antiguos egipcios, seguido de “El Bardo Todol“, el libro tibetano de los espíritus del más allá.

Es curioso lo que llama la atención en esta publicación, ya que el contenido es en este caso algo tedioso. Compréndame y dispénseme, es que son 300 páginas dedicadas a detalladas instrucciones para entrar en una muerte representada por universos espirituales formales, basados en conceptos ajenos a nuestro imaginario. Pero en las otras 200 páginas, que no dejan de ser tediosas, aparece sin embargo la figura de este señor Juan Bergua, que publicaba sus libros como no podía ser de otra manera, en la editorial “Clásicos Bergua”. El libro en cuestión aparece como “Traducido por primera vez al español” por este señor, la segunda parte incluso lo tradujo directamente del tibetano y en la primera se anima incluso a discutir a encumbrados descifradores de jeróglificos egipcios.

El caso es que este señor también es autor de una Historia de las Religiones de 5 tomos (2500 páginas), así como 2 tomos de una mitología universal que abarca los 5 continentes. El Libro que tengo en mis manos pertenece a una colección de libros también “traducidos, prologados y anotados” por el Sr. Juan Bergua, que incluye 6 libros tales como El Ramayana hindú, El Kalevala (de la mitología lapona), Los Vedas indios, Los Libros Canónicos Chinos (Confucio y Mencio), El Corán y El Avesta (Mazdeísmo). Su extenso listado incluye la traducción de los clásicos griegos y hasta se atrevió con el folckore español.

Quién fue este extraño y prolífico personaje? Aparece en mis ojos como uno de esos científicos humanistas, hijos de familias algo acomodadas, con ese liberalismo que hoy vemos tan conservador, pero que no lo salvó de marchar al exilio francés luego de la guerra civil española. Desesperado por el conocimiento, pero sobre todo por clasificarlo y encuadrarlo en una cosmovisión de una sociedad industrial, eurocentrista y cristiana. Le he creado el neologista rótulo “iluminista post-industrial”, pero por favor indíqueme si ya existe algo para llamar a esta gente, ya que mis conocimientos filosóficos son algo vulgares. Por supuesto, lo que el hombre llama Historia de las Religiones, no tiene nada que ver con la materia que defendiera nuestro querido Mircea Elíade. Para el Sr. Bergua la Historia de las Religiones es sólo una colección de creencias incorrectas que fueron evolucionando hasta llegar hasta el punto máximo de avance espiritual, es decir, el cristianismo. Con decirle que en su largo preludio a “El Libro de los Muertos”, lo describe como “una de las más grandes supercherías y de las más completas imposturas sacerdotales de la antigüedad”: ¡destruye “su” propio libro antes de que lo leamos!. E increiblementereniega de cualquier posibilidad de universalidad o sano esoterismo -visto como conocimiento oculto bajo capas de cebolla-.

Intenté encontrar algúna referencia biográfica en la Biblioteca de Bibliotecas, pero me fue imposible por lo que mis opiniones sobre la personalidad del Sr. Juan Bergua están pobremente documentados. El hombre se abrió a la historia de las religiones por un callejón sin salida, en momentos en que otros científicos desde la psicología y la antropología abrían calles con más futuro, pero al que por medio de estas epístola gusto en otorgarle el dudoso honor de ser un ícono de los mercadillos de libros usados.

Vaya entonces este homenaje para el señor Juan Bergua, y a su amada tibetana que le enseñara el idioma, para luego volver a su mágico e irreal país y perderse para siempre.

Esperando que tan larga declaración no merme su atención en mis futuras epístolas, la saludo como Vd merece,
Teófilo.

JUAN BERGUA: EL ÚLTIMO VOLTERIANO

JUAN BERGUA: EL ÚLTIMO VOLTERIANO
Reportaje en HIBRIS, Revista de Bibliofilia
Por Eduardo Connolly
Agosto 2004

Los que tenemos el vicio de los buenos libros, algunas veces hemos tenido problemas para encontrar ediciones de los “clásicos” en nuestra lengua, y en muchas ocasiones eran, y siguen siendo, los ejemplares editados por “Ediciones Ibéricas”, editorial que aún existe (1), las que nos proporcionaban la lectura deseada. Tampoco podemos olvidar esa otra obra omnipresente en nuestras estanterías “Las mil mejores poesías de la lengua castellana” o la famosa y tan erudita como a veces sarcástica “Historia de la religiones”. Los más mayores recordarán incluso que el nombre original de la editorial era Ediciones Juan B. Bergua. Pero… ¿quién era Don Juan Bautista Bergua Olavarrieta?, ¿cuál fue la vida de este madrileño, editor, traductor, escritor y comentarista de obras clásicas de filosofía y pensamiento?

Juan Bergua: En esta ocasión disponemos de una semblanza autobiográfica de nuestro protagonista, que bajo el título de “Noticia biográfica acerca del autor de este libro escrita por él mismo”, comienza en el tomo 1 de su obra Historia de las Religiones y cierra en el tomo II de la misma. Así pues, por qué no “escucharla” de sus propios labios:

Nací el 4 de marzo de 1892 en Madrid, calle de Don Juan de Austria, número 1. Mi padre, Juan Bautista, cuyo nombre me pusieron al remojarme el cogote con agua de Lozoya, era aragonés. De Sallent de Gállego, provincia de Huesca. Mi madre, Elvira, de Villaverde de Trucios, pueblecito santanderino lindando con Vizcaya. Su proximidad la anuncia mi apellido materno. Su padre, José Olavarrieta, era corredor de fincas. Mi abuelo paterno, Martín Bergua, labrador. Y de aquél, aquella casa buena y con jardín en la que vine al mundo. Los recuerdos más antiguos que conserva mi memoria son los del amplio jardín con su conejera grande hecha con tela metálica; un perro negro, Sultán, que soportaba pacientemente que mi hermana y yo nos subiésemos sobre él, manoseásemos sus orejas y le mirásemos los dientes, y la imagen de mi madre poniendo magnolias en grandes floreros de cristal azul, en los cuatro ángulos de una enorme mesa de billar con troneras, en las que a veces echaban una partida mi padre y mi abuelo.

Cuando éste murió mi tío Daría, heredero con mi madre de lo que había dejado, se apresuró a vender su parte en la casa, lo que obligó a mis padres a desprenderse de la suya. Entonces nos fuimos a vivir a la calle del cardenal Cisneros, número 60, a una casa de ladrillo con terraza, que existe aún.

Mi tío Daría era muy simpático, de grata presencia, alegre, despreocupado, juerguista y mujeriego. Habiendo ingresado con uno de los primeros números en la Academia de Ingenieros del Ejército, y estando a punto de acabar, tuvo que abandonarla a causa de uno de sus líos mujeriles; una querindonga que tenía en Madrid, por reunirse con la cual escapaba todos los sábados sin permiso. Hasta que lo cazaron. El coronel director de la Academia, hombre por lo visto de carácter poco cómodo, le obligó a comparecer en su despacho, le hizo oír lo que no hubiera querido escuchar, le impuso un arresto y de propina le amenazó con ser expulsado si reincidía y a perder, como consecuencia, la estrella que estaba a punto de alcanzar. Mi tío le dejó hablar, tras lo cual lo hizo él para decirle, sin enfadarse, que el arresto le rogaba que lo cumpliese él en su lugar, y que en cuanto a la estrella, prefería la que tanto le hacía gozar en la cama a la futura en la bocamanga. Media hora más tarde estaba a la puerta de la Academia.

Decían que yo me parecía mucho a él. En todo caso, no en lo de despreocupado. Ni en lo de juerguista. Cuando era joven me gustaban las francachelas, pero sin escándalo, sin demasiada bulla. El desorden y, sobre todo, el ruido me han desagradado siempre. No aguanto demasiado tiempo ni aun los acompasados. No soy, o poco, melómano. Soporto, si no dura mucho, la música clásica que conozco. La otra, a partir del jazz, no pasa para mí de variedades sonoras de la evidente degeneración artística a que hemos llegado. y ya, confesaré que el aparato musical que más me gusta es el organillo. El que menos la gaita, sea gallega o escocesa. En cuanto a mujeriego… Pues creo que tampoco. Me han gustado, no lo negaré, muchas mujeres. Porque se han cruzado en mi camino muchas, como digo, capaces de hacer perder la cabeza a un santo. Y además de guapas, que no olían mal, como ahora, que por lo visto, no se las puede aguantar si no emplean desodorantes. y como bastantes veces el gusto fue recíproco, tuve algunos líos de esos en que los ardores de la carne son calificados falsamente de “amor”.

Éste, cuando llegó, que llegó con su primavera radiante, tuvo un otoño sombrío, del que cuando aun me acuerdo (¡Bharati¡) acuden las lágrimas a mis ojos. En cuanto a aquéllos, creo que aún los más severos en estas cuestiones perdonarían su suficiente abundancia si se diesen bien cuenta de lo que me ocurría: era joven, fuerte, comilón empedernido y, claro, a causa de todo ello fabricaba, como fatalmente tenía que ocurrir, muchos espermatozoides. Y naturalmente también, para no morir de “amor”, tenía que darles suelta. Pero vuelvo a mi niñez.

Empecé a instruirme en los Jardines de Infancia de la calle Daoíz. De allí pasé a cierto colegio de San Fermín, situado en la de Fuencarral Y aprobado el ingreso, comencé a estudiar el Grado en el colegio que entonces tenían los Padres Escolapios en la antigua Universidad de Alcalá de Henares. ¿Por qué allí? Lo diré en cuatro palabras. Fue decisión de mis padres sacarme de casa a causa de resultar Troya una verdadera verbena al lado de mis continuas luchas y reyertas con mi hermana Elvira y mis dos primas, Luisa y Encarna, hijas de mi tío Daría. Porque las tres puñeteras formaban contra mí un frente común, contra el que desesperado acababa por emplear el ariete no sólo de mis palabras mal, pero muy mal sonantes, sino el aún más contundente de los puños y los pies. Y aunque legítima defensa, pues ellas sobre ser tres tampoco eran mancas, mis padres aprovechando que en Alcalá estaba de notario otro de mis tíos, Mariano Bergua, a Alcalá me enviaron. Y allí hice los cinco primeros años de! Grado. El sexto, en el Instituto del Cardenal Cisneros, donde acabé e! bachillerato, alcanzando uno de los cuatro premios extraordinarios que se concedieron en ciencias, aquel curso. (…)

Y habiendo preguntado a mi padre, una vez bachiller, qué quería que estudiase, me dijo: “hazte abogado”, carrera que a él le hubiera gustado tener: y abogado me hice. Si me dice médico o ingeniero, médico o ingeniero me hubiese hecho, pues no tenía inclinación particular hacia esta o aquella rama del conocimiento.

Bergua librero accidental

“ESCRIBÍ UN LIBRO QUE FUE UN VERDADERO BEST SELLER: LOS CREDOS LIBERTADORES (…) QUE MÁS TARDE ME VALDRÍA VEINTITRÉS AÑOS DE DESTIERRO”

El autor nos cuenta que se decanta por las oposiciones al Estado, pero antes marcha a aprender idiomas a París, donde recibe la noticia de la enfermedad de su padre al que le resta un año de vida. Esta desgracia familiar lo convertiría en librero:

Consecuencia: tener que regresar y todos mis proyectos e ilusiones por tierra. Me tuve que poner al frente de la librería que teníamos en la calle Mariana Pineda (hoy Padre Victoria), esquina a Preciados, y empezar unos años duros, pues trabajábamos no tan sólo los libros nuevos, sino los de lance, y nos avisaban para comprar bibliotecas lo que requería, para tasarlas y poder quedamos con ellos una pericia que sólo adquirí a fuerza de tiempo, equivocaciones y pérdidas. Una vez al corriente, no tardó el negocio en parecerme estrecho y decidí meterme en tareas editoriales. Que inauguré, por mejor decir, inauguramos, pues mi hermano Pepe, ocho años menor que yo, prefirió trabajar a mi lado a empezar una carrera con buen pie. Con una colección que titulamos “Pequeña enciclopedia práctica”, a la que siguió la “Biblioteca de Bolsillo”, cuyos primeros tomos, El Corán, y los Diálogos socráticos de Platón, traduje yo mismo. Si la primera colección fue un éxito, la segunda más. Total, que con suerte y trabajando infatigablemente (para mí no había horas libres ni días de fiesta: cuando no me afanaba en la librería hacía traducciones y prólogos en Getafe, donde vivía con mi mujer y mis hijos, en una finca que había adquirido mi padre), en pocos años conseguimos levantar una editorial que, de no haber sobrevenido e! pronunciamiento militar, hoy seguramente sería muy importante.

Además, no tan sólo ocupaba e! tiempo en tareas editoriales, sino en otras literarias exclusivamente mías. Escribí varias novelas, empezando con una, Mackena, que obtuvo el primer premio en cierto concurso abierto por El Imparcial, uno de los diarios más leídos entonces, tras lo cual gané otro con Ojos claros, serenos, ofrecido por Parisiana. Y estrené tres obras de teatro, una de ellas Cómo. se hace un hombre, con música del maestro Guerrero. y llegada la República, y al darme cuenta de que todo el mundo empezaba a hablar de los sistemas políticos sin saber, por lo general, en qué consistían, escribí un libro que fue un verdadero best seller, como ahora se dice: Los credos libertadores. y luego otros. Por ejemplo, el titulado La salvación roja. Libros que más tarde me valdrían veintitrés años de destierro. y hundido hasta e! cuello en “izquierdismo”, hasta fundé un partido, el P.C.L.E. (partido Comunista Libre Español); libre, pues (ya lo había dicho en Los credos libertadores al hablar de comunismo) ni me convencían la hoz y el martillo, que sin la inteligencia no son nada (si suena un martillazo en la galería de una mina es porque arriba un ingeniero sabe cómo se la debe entibar y perforar para trabajar con seguridad; la inteligencia crearía pronto máquinas agrícolas cada vez más perfectas, que liberarían al hombre de la servidumbre de la hoz), ni e! llamado comunismo marxista-leninista, pues pensaba, y sigo pensando, que de éste tenía más que de aquél.

PHOTO: Primera edición publicada por la Viuda de Juan B. Bergua en la colección “Pequeña Enciclopedia Práctica”

“DURANTE MUCHOS DÍAS (…) FUERON QUEMADAS TONELADAS DE LIBROS, EMPEZANDO POR COLECCIONES TALES COMO LA TITULADA LA NUEVA RUSIA”

PHOTO
Primera edición publicada en 1932 dentro de la colección “La Nueva Rusia”

Prisionero en ambos bandos

Aún, pues, unos años, aquellos de la República, de trabajo frenético, enturbiado por continuas inquietudes y sobresaltos, muy particularmente llegado el 18 de Julio. Pues, entre otras, estuve y no por mi gusto, en las dos checas: la del Círculo de Bellas Artes y la que funcionó luego en la calle de Fomento. Pero si tuve inquietudes, también satisfacciones. Como por ejemplo, haber hecho conocimiento, y amistad con el general Mala (2), a quien entonces pude ayudar. Él a mí, a su vez me salvó cuando caí en manos de las tropas que avanzaban hacia Madrid, al apoderarse de Getafe. Esto fue a primeros de noviembre de 1936. De entonces a junio del 37, fueron varios meses pasados de cárcel en cárcel. Lo que en ellas vi, así como lo esencial de lo que asimismo fui testigo en Madrid, será conocido cuando publique un libro que se titula Miniatura de la Revolución, en el que se verá que si los “rojos” hicieron muchas cosas que no debían haber hecho, los “azules” no les fueron a la zaga.

Desterrado en Francia

Asesinado Mala (3) a primeros de junio de 1937, su jefe de Estado Mayor, el coronel don Fernando Moreno Calderón, temiéndolo todo por mí al faltar el general, y sabiendo el afecto y amistad que nos unía, fiel a la memoria del jefe querido, me facilitó los medios para pasar a Francia. y en Francia muchos años de destierro. Destierro que gracias a otro buen amigo Jean Sarrailh, fue menos malo de lo que sin él hubiera sido. Rector, cuando yo entré, en la Universidad de Grenoble (murió siéndolo de la Sorbona), me colocó de lector de español en Pau. Luego ocupé el mismo puesto en Agen, posteriormente en Montpellier y, finalmente, en Carcasona. Hasta que en 1960, enfermo mi hermano Pepe de un cáncer de pulmón que acabó con él (era fumador empedernido como mi padre), decidí regresar y ponerme al frente de lo que quedaba de nuestra editorial.

Editorial represaliada

La represalia al triunfar el nuevo régimen había sido terrible. Una mañana (estando yo ya en Ávila) se presentó en nuestra casa de Getafe un orondo y santo sacerdote en unión de dos soldados con un saco cada uno, para “incautarse de nuestra editorial”, según anunció el enconado padre de almas a mi hermano, mirándole torvamente. Y al mostrarle mi hermano los almacenes y darse al fin cuenta el ventrudo tonsurado de que para desalojamos eran precisos no dos sacos, sino muchos camiones, dio orden, que no hubo otro remedio que cumplir, pues entonces la Iglesia tenía mucha fuerza, de que empezase un monstruoso auto de fe en la huerta misma de la finca: durante muchos días, y a favor de gasolina que los inquisidores proporcionaban, fueron quemadas toneladas de libros, empezando por colecciones tales como la titulada “La Nueva Rusia” . No sin muchas súplicas y ruegos, pues el inquisidor mayor, al que Dios tendrá ya en su gloria, no era precisamente un Menéndez Pelayo, consiguió mi pobre y aterrado hermano salvar parte de las obras clásicas, tanto de literatura como de filosofía.

Vuelta a España y declaración de principios

Desde mi vuelta hasta ahora, en años de constantes nuevos trabajos, pero afortunados en cuanto a salud y sin otras contrariedades que las que me ha procurado la bendita censura (pues ninguno de los libros de la colección “Tesoro Literario” ha llegado a manos de los lectores tal cual salió de las mías), he conseguido ir resucitando un negocio que poco a poco se moría. Y aquí estoy trotando por el año 86 de mi vida (4), dispuesto a seguir luchando. y con dobles ánimos, al ver que al fin parece que alborea, gracias a la ilusión tan declamada. “La democracia”, y que los derechos humanos fundamentales, entre los cuales y a su frente, el de libertad de conciencia (poder exponer de palabra o mediante la imprenta .10 que honradamente se crea y se piensa, aunque sea opuesto a lo que creen y piensan otros), parece que van a ser respetados. Y con la esperanza de que del mismo modo que yo no me opondría, aunque pudiera, a los que no opinan como yo, expusiesen por todos los medios sus ideas y creencias, ellos no se levanten, buscando incluso ayudas oficiales, contra las mías.

Y vamos a ver que pasa. Alea jacta esto Y yo, servidor de ustedes si son enemigos de las cadenas y amantes de los libros.

Por Eduardo Connolly Librería Caronte, Palma de Mallorca libreriacaronte@yahoo.com

NOTAS:
(1) Don ]uan Bergua López en 1879, abre en Madrid la Librería Bergua, en la calle Mariana Pineda 9. En 1929, Juan Bautista Bergua Olavarrieta funda la Editorial Bergua y pasa a llamarse Librería-Editorial Bergua. En 1939 obligan a cerrar la Librería-Editorial Bergua de Mariana Pineda 9 y se ven obligados a cambiar el nombre al de Ediciones Ibéricas, actualmente sita en la Plaza del Conde del Valle Suchil 14.
(2) Es curiosa esta amistad que menciona Don Juan Bergua con el general Emilio Mala Vidal (1887-1937), pues el primero le publicó a éste, a pesar de las diferencias de pensamiento obvias, su polémica obra: Lo que yo supe: Memorias de mi paso por la Dirección General de Seguridad (Madrid, Librería Bergua, 1933) a las que continuaron otros tomos en la misma editorial Además y aunque ignoro datos concretos, se sabe que también le publicó algo sobre ajedrez, al que el general era aficionado, para ayudarle en sus momentos de penuria económica. Así mismo Bergua a pesar de sus simpatías comunistas, y en una muestra de independencia ideológica, también publicó del autor, anticomunista y antimasón, Maruricio Karl (pseudónimo de Julián Mauricio Carlavilla del Barrio) su primera obra titulada: El Comunismo en España (Edit. Bergua, Madrid 1935), no precisamente laudatoria de tal movimiento.
(3) Parece que a Bergua no le cabe duda al respecto del supuesto asesinato de Mala que, al menos oficialmente, recordemos, mucre en accidente de aviación en 1937.
(4) Esta autobiografía está escrita a finales de los años 70. El autor falleció en 1992.

Photo
Juan Bautista Bergua en sus últimos años