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Juan B. Bergua – Su Obra Política

Su primera obra política son los Credos libertadores, 1930. En ellos se hace un análisis básico de todos los movimientos sociales de la época, tanto de los mayoritarios, como el Socialismo, como de los minoritarios, Solidarismo Anarquismo, etc., e incluyendo un apéndice sobre fascismo y nazismo. En 1933 iba ya por la cuarta edición. Por otra parte, Juan Bautista Bergua se da cuenta de que las obras sobre el comunismo tienen una venta notable. La colección Nueva Rusia, traducciones de obras de Stalin, Gorki, Trotsky y otros autores, la mayoría soviéticos, se venden regularmente en un mercado creciente. Esto le anima y publica La salvación roja, donde expone las bases para instaurar un régimen comunista basado en las doctrinas de Marx y Engels y comentando los errores del sistema soviético. Llama la atención, visto desde nuestra época, el énfasis en la colectivización del campo, pero hay que recordar la situación de España en la época: una industrialización incipiente en comparación con centroeuropa y unos latifundios en los que al no existir presión sobre la demanda agrícola, los propietarios no sólo no se ocupan de la productividad, que ni entienden lo que es, ni les importa, sino que se convierten inconscientemente en el mayor obstáculo para cualquier mejora agraria. Mientras tanto, los trabajadores agrícolas están a nivel de subsistencia. No hay que olvidar que el hambre fue el desencadenante básico de la guerra civil del 36.

El éxito, mucho mayor de lo esperado, de las obras políticas hace que, en una de las comidas habituales de los domingos en la finca de Getafe, apueste con los asistentes, entre los que está su amigo y compañero Pedro Rico, alcalde de Madrid, a que funda un nuevo Partido Comunista y consigue mas afiliados que el prosoviético Partido Comunista existente. Escribe para ello un folleto titulado el Catecismo comunista, 32 páginas, que en la última llevaba una hoja invitando a afiliarse al Partido Comunista Libre (PCL). En él, imitando al catecismo escolar de entonces, se limita a resumir los principios básicos del marxismo en párrafos breves. Frases como: que “nadie coma que, pudiendo, no trabaje y produzca”, se simplifica luego a “que el que no trabaje, no coma” y hace furor en los latifundios. Está escrito para ser leído en voz alta en grupos donde los oyentes son, en su mayoría, analfabetos; práctica corriente en la época, como lo había sido a lo largo del diecinueve, a consecuencia del analfabetismo, sobre todo entre los mayores. Como le horrorizaba el stalinismo, en el Catecismo comunista propone, en esencia, una sociedad ideal en la que la propiedad es común, la educación está reservada al Estado para que no sea un privilegio de clases, y las religiones y creencias son problema particular de cada uno, al margen por completo del Estado. Soslaya sin embargo, involuntaria o deliberadamente, que toda propiedad, incluso la del Estado, procede de la capacidad de represión y que ninguna clase en la historia del mundo, ha renunciado voluntariamente a sus privilegios. En cualquier caso, tiene un éxito sin precedentes. La primera edición, 10.000 ejemplares, se agota en tres semanas y la segunda edición es de 40.000. A los cuatro meses había recibido 12.000 demandas de afiliación. Frente a ello, el Partido Comunista regular tenía unos 5.000 militantes en toda España. Pero Juan Bautista Bergua era todo menos un líder práctico de masas. Ante la avalancha de afiliaciones no sabe que hacer y, una vez más, se va a pedir consejo a su amigo y compañero Pedro Rico. Este le dice que tiene dos opciones: fundar de verdad un partido, con su secretariado, infraestructura, etc., dejar la editorial y dedicarse como única actividad a la política o, no contestar a los afiliados, retirar del mercado el Catecismo comunista y tener suerte. Stalin, le dice, no quiere competencias y ni la derecha, ni la Iglesia, tolerarán jamás que le discutan sus privilegios. La profecía de Pedro Rico se había de cumplir al pie de la letra.

A finales de Septiembre del 36 le llevan a la checa de Bellas Artes y unos días más tarde a la de Fomento. Para ser rigurosos, le llaman para que se presente en ambas checas, nunca fue detenido. El motivo aparente es explicar su amistad con el general Mola y la publicación de sus memorias. Juan Bautista Bergua tiene el pronto genial de responder atacando en vez de defenderse. Su ataque consiste en argumentar que Mola es un demócrata de siembre, muy mal visto por la derecha del ejercito, pero que horrorizado por el desorden que la Republica es incapaz de controlar, había tenido que formar un grupo con amigos y voluntarios para evitar los fusilamientos en Navarra. Que era este grupo el que se había unido luego al golpe militar. Que lo urgente era entrar en contacto con él, explicarle que la situación ya estaba controlada y pedirle que se uniera de nuevo al ejército regular de la República, evitando que se reforzara el levantamiento del Norte de Africa. Además, les acusa de inútiles incompetentes, cuya falta de astucia política estaba poniendo en peligro la continuidad de la República. Todo esto levantando la voz en plan discurso vehemente. Los chequistas se quedan tan asombrados que le prometen tener unas reuniones internas, analizar la situación y llamarle de nuevo. Quince días después, probablemente el tiempo que tardan en consultar con el asesor soviético, le llaman de nuevo de la checa de Fomento. Aunque repite la escena y le dejan ir, la actitud de los chequistas es ahora muy ambigua. Una vez más se reúne con Pedro Rico, quien le aconseja que no vuelva por la librería y se esconda inmediatamente. Juan Bautista teme que la casa familiar de Preciados 25 sea demasiado conocida y se esconde en la finca de Getafe. Lo que no podía prever es que las tropas franquistas llegarían allí a primeros de Noviembre. Madrid se estaba fortificando y se suponía que el avance desde Toledo se pararía a medio camino hacia Madrid y que, además, el ejército leal a la República contraatacaría de un momento a otro para asegurar la capital.

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